jueves, 2 de julio de 2015

"Yo soy el cantante"

“Yo soy el cantante”


Todo sucedió demasiado rápido, mi padre no quería porque mi hermano había muerto como un mendigo en las calles de Brooklyn, entonces resulta que a los dieciséis años abandoné las calles de Puerto Rico para buscar lo que no se me había perdido en la ciudad de Nueva York, allí en el sur del Bronx la zona mas terrible del planeta, conocí a mi más grande amigo del alma, un trombonista de quince años quien ya dirigía su propia orquesta, con la cual probé suerte.

Willi asombrado por mi timbre callejero me sometió a prueba con la orquesta de Jhonny Pacheco, al terminar mi improvisación el quisqueyano, exclamo “eta es la voo eh”, Jerry Masucci creyó que Pacheco había dicho “Lavoe” que es “la voz” en francés, de ahí en adelante dejé de llamarme Héctor Pérez, para convertirme en Héctor Lavoe, la voz más desenfadada de toda la historia de la salsa.

El ensayo bastó para que iniciara la grabación con Willi, éramos unos novatos, las trompetas y los trombones sonaron desafinados pero el disco pasó  a la historia porque más tarde demostramos ser “hacha y machete”, así que de la noche a la mañana dejé de ser un boricua desempleado para convertirme en el triunfador de un genero musical nacido en Latinoamérica, cuyos antecedentes están en el trío Matamoros y Beni Moré, género al cual nosotros jóvenes antillanos residenciados en las partes mas podridas de la gran manzana llevamos a su más grande sitial.

Un locutor Caraqueño: Fidias Danilo Escalona, con su programa radial La Hora de la Salsa, se encargaría de darle nombre a esta avalancha.

Con salsa condimentamos la mejor música bailable que se ha producido en América Latina. Finalizaban los sesenta y los éxitos nos esperaban por todos lados, comencé a ganar mucho dinero gracias a mi cadencia de barrio, mi jerga malandra y mi lenguaje esquinero. Era tanto el dinero que compre autos lujosos, trajes extravagantes, anillos suntuosos y grandes cadenas de oro puro. Los autos los destroce en tantas locas parrandas, las joyas hace algunos días tuve que empeñarlas para pagar algunas deudas.

Pero no quiero hablar de eso, yo soy el cantante, una voz líder que todos los radio escuchas de Nueva York sintonizan en el programa de Polito Vega. Yo vivía dispuesto a hacer bailar a cualquiera, razón por la cual Pacheco me llamo a formar filas entre los generales de la salsa Las Estrellas de Fania. Un judío con dinero, Jerry Masucci financiaba el gran proyecto con Pacheco a la cabeza. Allí comenzó nuestra vida grande, nos convertimos en un clásico de la música universal, actuamos en los grandes escenarios de todo el mundo, hicimos bailar a los cinco continentes pero no podíamos ocultar el tiro en el ala que llevábamos casi todos. En los paupérrimos barrios del Bronx aprendimos a consumir drogas y a la larga nos convertimos en adictos, por eso Masucci comenzó a explotarnos pagándonos sueldos miserables que despilfarramos inmediatamente comprando estupefacientes para autodestruirnos.

Hoy recuerdo los días gloriosos de Fania y lloro como un niño, todo al final es definitivamente trágico, Fania se desintegra por tres grandes razones: Los que sucumbimos ante el mundo de las drogas, la ausencia de una base ideológica que nutriera el movimiento, los pagos miserables de Masucci haciendo honor a su origen.

Postrado en esta cama reviso las carátulas de los veinticuatro discos de acetato con los cuales logre que se desgastaran millones de zapatos en el planeta, como la gloriosa tarde de 1974, cuando hice bailar al inconmovible Fidel Castro en un parque de La Habana.

Claro yo soy el cantante, el único que respira debajo del agua, el que de frente parece que esta de lao y no le tengan  miedo a la Jara, que si yo digo algo fresco tendrán que llevarnos a todos presos.

Ah ya se,  quieren oírme cantar, muchos me imaginan en la tarima pero se equivocan, desde hace años estoy desmantelado afectivamente, y eso que fui uno de los más grandes cantantes de salsa y no tengo un céntimo, la droga me ha deteriorado, al igual que Maelo me siento perdido por completo.

Bien sé que Cheo Feliciano pudo reponerse con la ayuda de su familia y del poeta Tite Curet, también se que Ismael Miranda, Boby Cruz, Willi Colón, Peter Conde, Larry Arlows y Boby Valentín, lograron zafarse de la droga refugiándose en el Todopoderoso,  pero yo no he podido de ninguna forma, estoy atado a lo terrible.

Aunado a eso me a caído una mala suerte que nadie me la quita de encima, resulta que mi hijo a sido asesinado accidentalmente por su mejor amigo, hecho del cual no he podido reponerme. Y para completar la tragedia mi casa ardió en llamas y todo lo que tenia quedo vuelto cenizas, estoy hecho un trapo, no tengo paz ni sosiego e intentado suicidarme tres veces y he fallado, la ultima vez le entregue los lentes a mi esposa y me lance de un séptimo piso con la esperanza de morirme, pero sólo logre destrozarme la columna vertebral.

Estoy empezando a creer que ya Dios no me quiere, estoy abandonado en un mundo donde nadie me comprende. Aquí, se me van los días inmóviles, de vez en cuando un antiguo amigo me visita y recordamos tiempos gloriosos, porque soy el cantante aunque mi esposa no tenga dinero para pagar los gastos de hospitalización.

Entonces toda Latinoamérica espero mi resurrección cuando mis antiguos amigos de Fania organizaron un concierto en el stadium central de New Jersey para recabar los fondos de mi asistencia médica.

Willi vino a buscarme, en silla de ruedas entre al stadium, fui recibido por un aplauso multitudinario.

Al subir a la tarima me percate de que allí estaban todos los generales de la Fania esperándome, Pacheco dio la entrada y sonaron los trombones de “Calle Luna, Calle Sol”, y el publico excitado, ansioso, esperaba mi voz desenfadada, pero no pude cantar porque me fui en un llanto interminable hasta que Celia me saco del stadium y el público comenzó a gritar decepcionado.

Soy Héctor Lavoe, veo nubes extrañas pasar frente a mis ojos, estoy cansado, joven de edad y anciano de cuerpo, tan débil que ni siquiera me quedan fuerzas para suicidarme, fui aclamado en mi época de estrella, poco visitado en mi lecho de enfermo. Se me esta cayendo el pelo, estoy más flaco que una espátula, cada día soy menos, los diarios en sus titulares no dejan de mencionarme, ojala Dios me reciba, tengo unas ganas irresistibles de morirme y en estos momentos no sé si esto que me queda se puede llamar vida, veo mares que se derrumban frente a mi cuerpo.



José Gotopo
29 de Junio de 1993
Condado de Queen, Nueva York