domingo, 8 de abril de 2012

JOSE LAURENCIO PEREZ; UN ESPIRITU RENACENTISTA



           

           Cuando ingrese como estudiante regular a la escuela de Artes “Tito Salas” en Coro, dos alumnos del cuarto año se disputaban el titulo de ser los más talentosos: Romer Reyes y José Laurencio Pérez, ambos eran dibujantes, pintores, grabadores y escultores. El primero un dibujante académico excepcional, con un dominio de la anatomía humana y una destreza a la hora de pintar y dibujar estampas y paisajes de la corianidad. La pintura y escultura de Romer Reyes sorprendían por ser de un realismo     sobrecogedor,    recuerdo     una exposición fin de curso donde expuso la obra “Anciana Ordeñando una Cabra”, la gente se amontonaba frente a la obra y decían “Dios mío parece una foto”. Luego su pintura dio un viraje hacia un surrealismo al estilo Salvador Dalí, pero nunca pudo desprenderse de la pintura académica. Durante un tiempo nos acompañó en la aventura inicial del grupo de arte “Tejas”, después se desempeñó como jefe del departamento de diseño grafico del tecnológico de Coro, y allí se distancio por completo de todos sus compañeros de la escuela de artes, hasta que jamás volvimos a saber de el, también su obra se hizo clandestina, lamentablemente.



           El segundo artista marcó una huella en la generación de pintores a la que pertenezco, se trata de José Laurencio Pérez, nacido en Acarigua y como la llanura misma, siempre fue un espíritu abierto y en constante expansión. Se vino a Coro cuando cumplió dieciocho años, a estudiar construcción civil en el tecnológico “Alonso Gamero” y por las noches asistía a las clases de  escultura y grabado con el profesor Antonio Villalobos, en la “Escuela de Artes Tito Salas”. Allí se inicio como teórico de las artes, todos los viernes en la noche dictaba una charla sobre algún tema interesante; la critica, la reflexión y el análisis formaban parte de su personalidad. Al igual que Reyes, era un gran dibujante y tenia un vasto conocimiento de la anatomía humana, cuestión que le permitió realizar una pintura que combinaba el realismo social con un surrealismo muy influenciado por Héctor Poleo, representaba personajes hechos con el mismo material de la tierra y que el tiempo iba craquelando con dramatismo, había digerido muy bien la lección de Poleo, tratando temas históricos como la imagen de José Antonio Páez. Pérez logró obras de gran factura que fueron confrontadas en concursos de arte en donde la denuncia como era de esperarse pasaba inadvertida.

             Este pintor sentía una gran predilección por el paisaje, lo resolvía con una síntesis a base de manchas, una vez no tenia lienzo y se quitó la franela blanca que usaba y la tensó sobre un bastidor, luego la humedeció y con violetas y naranjas pinto un paisaje como en diez minutos, todos quedamos como atontados, después queríamos robarnos el cuadro.

             José Laurencio siempre fue un luchador social, militante de izquierda por herencia, era hijo de un poeta pregonero fundador del partido comunista en Acarigua. El tecnológico de Coro y toda esa efervescencia juvenil de izquierda, a finales de los setenta le permitió realizar  trabajos de campo en la barriadas mas populosas de Coro, las residencias donde vivió siempre aparecían en las fichas de la  DISIP y más de una vez los visitaron a medianoche, por supuesto.  Un día de 1979 combinó su acción social con la pintura de paisajes y  recorrió todas las aulas de la vieja escuela de artes, con Alirio Sánchez planteando la creación de un grupo de pintores al aire libre, a fin de reunirse todos los domingos en la plaza San Clemente. Pérez propuso la posibilidad de que esta plaza a futuro se convirtiera en algo parecido al “San German de los Prados” de los pintores parisinos. Entonces de manera temerosa levante la mano y aparecí con mis pinceles en la plaza el domingo indicado, tomamos café y arrancamos a pintar, recuerdo que allí estaban José Laurencio, Romer Reyes, Fernando Molina, Alirio Sánchez, Olimpo Galicia, José Luis Molina y Domingo Martínez animando la velada con su guitarra, pero la felicidad nos duro poco, un personaje emblemático de la corianidad llamado Rafael Sánchez, historiador, músico y comerciante de artesanías, se sintió ofendido al ver aquella pandilla  de jóvenes pintando alrededor de la cruz de San Clemente, nos pidió que nos retiráramos, puesto que nuestra acción era una blasfemia contra un símbolo de la cristiandad, José Laurencio Pérez le salió  al paso y le dijo de manera muy diplomática que pintar en la plaza no podía ser ofensa para nadie, pero el historiador encolerizado nos amenazó diciendo que nos íbamos a arrepentir y dio la espalda retirándose; para nuestra sorpresa este señor fue a hablar con el Obispo y al rato llegaron cinco patrullas y como cincuenta policías, en una acción casi de película norteamericana, José Laurencio los enfrento diciendo que no estábamos molestando a nadie, los policías insistían en que debíamos montarnos en las patrullas, pero después de la turbulencia nos retiramos aturdidos y al siguiente domingo continuamos pintando en la plaza todos los fines de semana durante unos dos años consecutivos.

Pintores del  Grupo Tejas en la fiesta fin de curso 1980, Escuela de Artes Plásticas de Coro.  De Izquierda a derecha José Pérez, Cheo Colina, José Molina, Isidra Sanquiz, Domingo Martínez, Mario Marín, Fernando Molina, Alirio Sánchez y José Gotopo.

           El poeta Ramiro Fuguet presenció el   percance con los policías  y escribió un artículo en defensa del “grupo Tejas”, uno de nosotros había dicho que aguantábamos más sol que una teja y así nos quedamos. Luego el locutor y ceramista Pablo Morales nos dio prestada una casa en el barrio Pantano Centro y allí creamos el taller libre de arte, donde José Pérez nos enseño gran  parte  de  lo  que  sabemos,  no solo lecciones de vida, nos enseñóla importancia del estudio sistemático en una ciudad donde ningún pintor estudiaba,  el valor de la academia y la universalidad, la importancia de la lectura y el cultivo del espíritu a través de la música, el diálogo y el viaje como terapia. Los sábados  en la noche tomábamos un autobús hasta Caracas para ver las exposiciones de los grandes artistas universales, Pérez veía las obras al tiempo que las iba analizando, nunca se callaba, el discurso lo llevaba en la sangre, era un líder por naturaleza.


           Fue el primero de nosotros en participar en el salón Arturo Michelena y nunca dejo de animarnos para que nosotros participáramos. Religiosamente todos los domingos leía el papel literario del diario el Nacional, cuando lo dirigía el poeta Luis Alberto Crespo; José laurencio Pérez intelectualmente nos llevaba mucha ventaja, tenía formación política y había leído a los grandes teóricos del socialismo, podía pasearse con tranquilidad por la historia, la filosofía, la teoría del arte, la literatura y la música, recuerdo que escribía testimonios, monólogos y también cantaba y tocaba  el cuatro, la primera canción que yo toque en la guitarra fue Penélope, de Joan Manuel Serrat, con su ayuda.

          José laurencio nos hizo comprender la importancia de la pintura de Domingo Medina y la manera de analizar una obra de arte  por la conjugación de sus  elementos plásticos y no por su discurso literario. Sabía todo lo que estaba sucediendo en el arte nacional y tenía información sobre los artistas internacionales más importantes.

           Su aspecto era de hippie a destiempo, usaba barba y pelo largo, la camisa por fuera y un mapire  de cocuiza que cargaba atestado de libros; un día  de mis catorce años me dijo: “LEE ESTE” Notas Sobre Arte, Cultura y Periodismo de  HEGEL. Cuando la artista uruguaya DOVAT  DE  MORQUIO se instalo en la cuidad de coro, para que su esposo fundara la Facultad de Medicina de la Universidad Francisco de Miranda; inmediatamente estableció una empatía con José Laurencio Pérez, ella había sido alumna del pintor y teórico uruguayo Joaquín Torres García y le regaló a Pérez el libro  fundamental de Torres, “Universalidad Constructivista”; al mismo tiempo que le enseño a elaborar el compás de medidas áureas  que usaban los antiguos griegos. José Laurencio quedo como imantado con esos objetos y  leyó el libro  varias veces  y  nos enseñó a usar el compás; dijo con solemnidad  que había una dimensión sagrada de la  geometría y que las culturas aborígenes del nuevo mundo la habían desarrollado; de golpe se convirtió  en un pintor geométrico,  decía que pintar era un asunto de construcción, en sus composiciones lo mas importante era la estructura, un discurso riguroso basado en un ordenamiento de planos sucesivos y texturados. Lanzó por la borda todas las lecciones que nos había dado sobre el dibujo y la pintura lúdica y olvido por completo  toda la espontaneidad  casi gestual que poseía para representar la anatomía humana.

               Años atrás mientras pintábamos en la plaza, José Laurencio abordo un paisaje paraguanero que titulo: “La Alambrada”, pero al final dijo “…esta composición esta muy vacía…”, entonces de las  nubes saco de forma rápida e insinuada el rostro del filosofo Alemán Carlos Marx, ese fue unos de sus celebres cuadros figurativos, junto a sus esculturas La Flaca y La Turista que le dieron notoriedad en la escuela de artes de Coro allá por el año 1979.

         Obsesionado por el arte geométrico un día dijo que se marchaba a Maracaibo a estudiar arquitectura, “Quiero ser como Miguel Ángel, pintor, poeta, dibujante, escultor y arquitecto”, y se fue a las facultad de arquitectura de la Universidad del Zulia, allí se convirtió en uno de los estudiantes más brillantes, la comunidad marabina lo llamaba cariñosamente el “CHEPEL”. Estudiantes de diversas universidades lo buscaban para que les dictara lecciones de de arquitectura y urbanismo, había entendido la sociología y el arte de crear espacios habitables y durante años se dedico a investigar la historia de la arquitectura moderna y contemporánea.

          Un día  regreso a Coro y nos convenció a Aliro Sánchez y a mí, para que buscáramos cupo en la universidad, partimos entonces a Maracaibo y creamos el Taller de Arte Macondo, José Laurencio se había convertido en una especie de evangelizador de la geometría, de manera subliminal la introdujo en la pintura de  Regulo Gutiérrez, Alirio Sánchez, Wilmer Gutiérrez y la mía, quien se percató de este fenómeno fue el profesor universitario Orlando Chirinos  quien nos hizo la observación.

          Alirio Sánchez no soportó el calor y regresó  a su propio calor, mientras que José Laurencio ganó el premio del salón de arte de la Universidad del Zulia y luego expuso en el Centro de Bellas Artes de Maracaibo, después recibió el titulo de arquitecto de manos del rector y extrañamente después de haber conquistado el ámbito cultural de la ciudad, se marchó sin decir nada a la ciudad de Acarigua de donde había partido en 1977, allá encontró el amor y actualmente se dedica a dos de sus grandes pasiones: la docencia y la arquitectura.

          José  Laurencio tiene el valor histórico de haber introducido el elemento intelectual en la pintura falconiana, él reinvento la imagen del pintor, le dio voz, idea, confrontación, análisis, reflexión, estatura académica, actitud política y deseos de superación. Gran parte de lo que somos se lo debemos, sus magistrales lecciones modelaron nuestra obra y nuestra personalidad.


José Gotopo
06-04-2012

         

1 comentario:

Giancarlo Grasso Sánquiz dijo...

Aunque era un niño en el inicio de los 80 recuerdo muy claramente a José Pérez, tuve la fortuna de compartir momentos que para mí son invaluables...de la mano de mi madre, Isidra Sánquiz...una mujer maravillosa. Gracias Gotopo por darle la dimensión que merece Pérez y los artistas plásticosa falconianos.