martes, 17 de agosto de 2010

EMILIO PENICHE O EL RETRATO PSICOLOGICO DE LA CIUDAD


Conocí a Emilio Peniche, a finales de 1979, una pasión común nos acerco para hacernos amigos, para aquel entonces yo era un imberbe estudiante de la escuela “Tito Salas” y el uno de los mas excepcionales pintores que he conocido.

La primera vez que alguien lo menciono frente a mí, fue el pintor y profesor Jesús “Chucho” Ruiz, más tarde con un tono de devoción, el pintor Domingo Medina fundador de la Escuela de Arte. Medina afirmaba que la primera promoción de egresados de la “Tito Salas”, escuela que funcionaba en el antiguo Ateneo de la calle Zamora, conformada por Julio Camacho, Chucho Ruiz, Roberto Chirinos y Emilio Peniche, en resumidas cuentas era un equipo prodigioso y razones no le bastaban, los cuatro artistas mencionados son el origen de la pintura moderna en nuestro estado, claro está Medina supo proyectar el espíritu de la modernidad entre sus alumnos.

Como era de esperarse los integrantes de la primera promoción se iniciaron como docentes en la escuela de arte, primero “Chucho”, luego Roberto y después Peniche. Lamentablemente Julio Camacho abandono prematuramente la pintura y se dedico a la carpintería, aun conservo en mi casa dos marcos hechos a mano por Camacho, los guardo celosamente como trofeos de guerra, yo fui con Domingo Medina, Alirio Sánchez y Emilio Peniche a su taller de la calle Vuelvan Caras, allí estaba con su rostro agreste y su mirada bucólica serruchando sus tablas, Peniche me lo presento pero no cruzo ninguna palabra conmigo, luego le pedí que me indicara como ir al baño, me indico y entre a su casa, yo solo quería ver sus pinturas y al fin me tope con dos de sus cuadros .

A pesar de los dieciséis años de mi ignorancia, los cuadros de Camacho me impresionaron, eran figurativos y tenían la virtud de estar inacabados, describían un dibujo seguro y contorneado, una pincelada temblorosa que construía el cuadro a base de empastes de factura expresionista.

Al volver a la carpintería le hable sobre sus pinturas y solo me respondió “son manchas”. Más nunca volvimos a vernos, años mas tarde me entere que había muerto de un infarto.

Cuales serian la razones para que Camacho abandonara la pintura, esta puede ser una; en un país centralista como el nuestro, las ciudades del interior son territorios agrestes para las artes y muy pocos sobreviven a la falta de estímulos, si no se vive de la pintura, esta se convierte en un hobby oneroso y solo los elegidos están dispuestos a pagar el costo de la vocación.

El primer pintor que conocí y el que me dio las primeras lecciones fue “Chucho Ruiz”, vivía a dos cuadras de mi casa en el barrio Cabudare frente al Bar de los Miquilenas, era bajo de estatura, la cabeza calva, una barriga descomunal y un sentido del humor a toda prueba. Pintaba vallas publicitarias durante el día y en la noche daba clases de pintura. Militaba en el partido comunista y su pintura de colores ácidos se basa en un discurso marxista donde los obreros son los protagonistas de sus composiciones, el tema político le da a sus obras un aire más literario que plástico, se consideraba un seguidor de los muralistas mexicanos, vislumbrado por todo el realismo social que estos exportaron a Latinoamérica.

De manera paradójica esto no era su fuerte, su mejor pintura son los bodegones, pintados sobre estructuras concretas y una genial austeridad, en este sentido continua la tradición de los pintores del circulo del Bellas Artes y de la escuela de Caracas, su discurso lo emparenta a Marcos Castillos, Cesar Prieto y Juan Vicente Fabbiani.

El profesor Chucho Ruiz fue el primer pintor falconiano que se atrevió a descomponer el bodegón a partir de formas geométricas, logrando unas composiciones semi-cubistas que lo convierten en el pionero de este género por estos confines. Su gran pasión por la gastronomía lo convirtió en un comensal desaforado, hasta que los excesos le produjeron una trombosis que lo dejo es silla de ruedas y fue recluido en un asilo para ancianos en el puerto de Cumarebo. Peniche y yo fuimos a visitarlo, era una colina bellísima desde donde se veía el mar caribe y los barcos que cruzaban la bahía rumbo a las antillas. Allí conversamos con Chucho pero ya no coordinaba del todo las cosas que decía, quise tomarle una fotografía pero Peniche me dijo que no valía la pena retratarlo tan deteriorado, esa fue la ultima vez que lo vi, tres meses después mi madre me llamo a Nueva York para decirme que había muerto, sentí mucha tristeza, de el asimile el gusto por pintar bodegones. Sobre “Chucho” escribí dos artículos pero en el trajinar de las mudanzas desaparecieron.

El otro artista, el más joven del equipo se llamaba Roberto Chirinos, era de un temperamento más alegre que el resto de sus colegas. En el año 1980, Roberto, Kike Rodríguez y yo improvisamos un grupo musical para tocar en la plaza San Clemente donde se reunían los pintores del grupo Tejas los domingos en la mañana, Roberto tocaba las maracas con cierto virtuosismo, conservo con mucho afecto una fotografía de esa época dorada de su existencia, el impartía clases en dos conocidos liceos de la ciudad y en la noche en la Escuela de Arte. Era un pintor postimpresionista, su fuerte era el color que iba administrando con un sentido poético, a base de puntos y pequeñas pinceladas hasta lograr una atmósfera de gamas análogas y antagónicas. Una constante en su pintura fueron los árboles desnudos, el suelo agrietado, el sol, los radiales concéntricos y los niños pregoneros. Roberto fue un poeta policromático, su pintura es mas sensibilidad que intelecto, construía el espacio a partir del color y de manera intuitiva, tomaba distancia de los puntillistas franceses porque su obra es mucho mas gestual y desenfadada; pero lamentablemente cayo en las garras de la falsa bohemia y el desarraigo, aquella imagen mítica del Paris de los años veinte y que Hemingway describe como eterna fiesta, se exporto a toda Hispanoamérica y muchos artistas murieron en los brazos del Dios Baco. Roberto lucho contra ese demonio, se interno en una institución preventiva, viajo con nosotros a México en una prueba de ascetismo que supero porque no acepto la copa de tequila, que yo le estaba brindando en la calle Tacuba del Zócalo de México.

Después regreso a Coro y emprendió una farra delirante que lo fue deteriorando hasta que un infarto lo sorprendió dormido, la ultima vez que lo vi le hacia un retrato al locutor Charles Arapé en la barra del Bar Garúa.

A todos estos pintores los conocí, pero mi mayor deuda como pintor es con el maestro Emilio Ramón Peniche, a quien homenajeamos en este día. Si algo une a Peniche al resto de los pintores antes mencionados es que fueron sus colegas de promoción y los cuatro sintieron afición por el hecho de pintar estampas con jóvenes vendedores de periódicos, pero los atributos que mencionare a continuación lo alejan de su grupo. Cabe destacar que Peniche nunca intento hacer una pintura literaria, panfletaria o de denuncia social.

Como todo buen artista el creo un mundo de imágenes, monocromas, austeras y silenciosas, una epistemología de la humildad o un retrato psicológico de la corianidad.

El concepto del blanco sobre el blanco, que aplico Reverón en sus paisajes del playón de Macuto, Peniche lo lleva hasta sus últimas consecuencias en una pintura figurativa que asume el temerario juego de dibujar desdibujando al personaje.


La pintura de Peniche no aspira complacer a nadie, ni al voraz mercado que aniquila artistas a diario, ni al dogma de las ideologías que también hace lo mismo. Como la buena pintura, la de Peniche se complace a si misma, ella solo pretende resolver los problemas propios de la plasticidad; la interacción figura – fondo, la claridad del diseño, la plasticidad de los empastes y las transparencias, la síntesis del dibujo y la austeridad del color, que le imprime un aire religioso a sus obras.

Los personajes que pueblan su discurso casi siempre son músicos, pregoneros, santeros, trovadores, cantores de salve, promeseros, rezanderas, mendigos, plazoleteros y su escena favorita “La Paradura del Niño y sus campanilleros”, todos imantados con un aire de inocencia y los ojos redondos como si en el fondo quisiera autorretratarse.

El impacto que nos produjo su pintura nos motivo a estar cerca y el pintor Alirio Sánchez y yo íbamos todas las mañanas a visitarlo en su hermosa casa colonial de la calle Zamora, donde nos recibía Olimpia Caldera, quien fue su tutora, reina de los carnavales de Coro en 1930, quien nos ofrendaba una taza de café con las exquisitas tortas que preparaba, luego pasábamos toda la mañana conversando con Peniche, hablaba poco, en un tono bajo y despacio, pero para nosotros era sustancial y suficiente, un día nos contó que en su juventud había ganado una beca para estudiar en Caracas pero no se acostumbro al ruido y la turbulencia e inmediatamente regreso a Coro.

Su pintura nos pareció tan poderosa que sin ningún tipo de apoyo oficial Alirio Sánchez y yo nos lanzamos a la aventura de organizar la única exposición retrospectiva que se ha hecho del maestro Peniche, durante seis meses trabajamos rastreando sus obras, nos movilizamos en un Chevrolet 54 que yo tenia y al que llamábamos cariñosamente “La Ballena Verde”. En el visitamos a los coleccionistas y los convencimos a que prestaran sus obras, el profesor Rafael Pérez Prospert es el mayor coleccionista de la obra de Peniche, fue muy amable con nosotros, luego diseñamos un catalogo, repartimos tarjetas, convocamos e inauguramos la exposición en la desaparecida sala “El Zaguán” que gerenciaba CORPOFALCON.

Eso fue hace 23 años, para aquel entonces escribí un ensayo unitario sobre su pintura, que fue publicado en un periódico local y cuyo borrador extravié en una borrachera con el poeta Olimpio Galicia.

La explotación petrolera separo irremediablemente a la ciudad de Coro del resto del país, y los corianos no hicimos nada para volver a conectarnos, la pintura que hicieron Domingo Medina y Emilio Peniche en la década de los 60 y 70, es de lo mas representativo del momento histórico nacional. Ah pero “Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra”, los flamantes funcionarios de la cultura, los directores de los museos, los sacrosantos críticos de arte y curadores nunca pasaron por aquí a ver estos prodigios, por eso sus obras no aparecen en los textos de la historia de la pintura en Venezuela.

Habitamos una Sub-Venezuela, la que esta del otro lado de la cota- mil, pero aquí esta la obra y la historia que es infalible tarde o temprano la rescatara, porque no solo hemos padecido el desmesurado centralismo sino también el nepotismo local y su clan de caudillos dueños de las instituciones culturales y de su ejercito de lisonjeros, los mismo que le otorgaron grandes privilegios a la música sinfónica y relegaron a las artes plásticas a presupuestos ínfimos y arrinconaron a la Escuela de Artes Plásticas en casas semiderruidas hasta hacerla desaparecer casi por completo. Los que redactaron sus listas negras encabezadas por todo aquel que se atreviera a criticar el orden establecido, aquellos que se alarmaron cuando propuse en la inauguración del Museo de Arte de Coro, la posibilidad de que se mostrara la obra de los artistas falconianos. Los mismos que odian a los artistas locales que triunfan en diferentes lugares del mundo por el solo hecho de haber rebasado los limites de su asfixiante caja de cangrejos. Las pirañas de pecera, reyes absolutos de la condecoración anual, delincuentes disfrazados de artistas que abusaron de la bondad de Peniche para arrebatarle sus obras bajo el pretexto de ser mostradas en exposiciones donde los artistas eran utilizados con fines políticos por los arribistas.

Pero el agua corre bajo los puentes y muchos puentes de utilería se han caído, de no ser así no estuviéramos rindiendo este merecido homenaje al maestro que tanto nos ha enseñado, al de mística espiritualidad, al que pintó al hombre humilde transparentado en su ausencia, al que pobló sus lienzos de tenues veladuras acromáticas como los muros encalados de la ciudad solar, al pintor del silencio adormecido del mediodía y sus vibraciones, al amigo, al hermano, a Emilio Ramón Peniche, sea para ti el murmullo del aire entre los azahares del patio y el agua fresca de los tinajeros.


José Gotopo
Maracaibo, 07 de septiembre de 2006