jueves, 2 de julio de 2015

¡Que viva el merengue!

¡Que viva el merengue!




Comencé a bailar justamente cuando las Estrellas de Fania se fueron en desbandada y la buena música se desparramó por toda Latinoamérica. Quién  no vibró al son de los Generales de la Salsa, tendrá que rendir cuenta ante el tribunal de la alegría, sencillamente porque “Fania All Stars” fue la reivindicación del barrio y la calle, el nacimiento de la música popular urbana, desatando los demonios afrolatinos desde la ciudad de Nueva York.
Nuestro continente hablaba con voz propia, la descarga fue tan buena que aun no superamos semejante acontecimiento. Nos duelen los pies y la nostalgia. A estas alturas del incipiente nuevo siglo las Estrellas de Fania son el más digno repertorio de la música clásica caribeña, sus músicos en escena constituyeron una revolución inigualable. Cada uno de ellos desde la convulsionada “Gran Manzana”, saboreó el precio de la fama y la gloria, pero no todos salieron ilesos de aquella fiesta turbulenta, las trampas del reconocimiento, el esplendor y la opulencia también cobraron sus víctimas.
En el descenso sólo se salvaron algunos, los que se armaron de filosofía y demostraron temple de acero.
Tiempo después el más destacado sobreviviente el panameño Rubén Blades ha logrado mantenerse con una poesía de alto contenido social y una actitud de denuncia frente a las circunstancias que agobian al latinoamericano.
La muerte de Fania” dejó un gran vacío musical y nuestra tambaleante identidad cultural, abrió puertas a cuanta cacharrera expresión foránea quería pernoctar en nuestros predios, en gran parte esto se debía a ciertos despilfarros que sufrieron nuestras economías, aunados al temor del imperio hacia la revolución cubana.
Por eso mi generación navegó idiotizada tras los pasos de John Travolta, héroe efímero que después de veinte años de silencio, el cineasta Quentin Tarantino lo rescato de la sombra con una de las películas mas morbosas de la historia;      Pulp Fiction. También nuestras novias quedaron vislumbradas ante la oxigenada cabellera de Olivia Newton John y su danza con nombre de crema humectante; Vaselina.
Tuvimos que soportar dos generaciones de quinceañeras en el éxtasis del suicidio colectivo ante los niños melenudos de la década perdida El Grupo Menudo unos jovencitos bailando en el estilo de Sandro y vestidos con telas metálicas como Robots, algo que parecía una burla a los grupos ecologistas británicos.
Aquí paso de todo,  bailamos de cabeza como un trompo con chaquetas invernales. Hasta que por gracia de Dios apareció el ritmo preferido del dictador Leonidas Trujillo “Chapita”. Haciendo mover el esqueleto a todo el que lo escuchaba, nada más y nada menos que el merengue, ahí te va.
Aquel ritmo típico de la región del Cibao, - donde nació y gano popularidad-se había extendido por toda República Dominicana, en parte por que Trujillo utilizó a los conjuntos más populares en su campaña política, él no concebía los mítines y las caravanas sin el merengue.
Luego entronizado en el poder financió a muchas orquestas y pago una gira internacional a la orquesta de Damirón  y su piano merengue (a este músico se le reconoce la inclusión del panbiche), también contrató al percusionista cubano-catalán Xavier Cugat para que el ritmo dejara de ser monótono, este le otorgó más libertad a los bongoes y a la tumbadora, un notable paso en la evolución rítmica del merengue.
Yo era un niño cuando escuche a Damirón, pero antes en las fiestas de mi barrio había escuchado a la Orquesta del Maestro Billo Frómeta, en la voz del maracucho Cheo García interpretando el merengue más famoso del mundo Compadre Pedro Juan”, compuesto por Luis Alberti en 1936.
De igual forma recuerdo la voz de Alberto Beltrán con la Sonora Matancera cantando “El negrito del Batey”, tema muy popular en las rockolas de mi comarca.
Cuando los interpretes cantaban más tiesos que una estatua, aparece el primer icono del merengue Joseito Mateo. Se dice que este negro de voz prodigiosa fue el primero en bailar frente a una orquesta, rompiendo todas las reglas, se convirtió en él intérprete más popular de su época.
Pero cuando se creía que las grandes orquestas eran irremplazables, surge Johnny Ventura a principios de los sesenta, para trazar los nuevos designios del merengue: La cultura del Combo Show.
Johnny Ventura impuso de entrada un nuevo orden tarifario, un nuevo formato para las orquestas, presentando nueve músicos que bailaban y memorizaban partituras. Al frente estaban tres cantantes y bailarines, guiados por él que rompían con las normas de la Big Band (músicos en traje negro, sentados, leyendo partituras cotejadas en atriles, un cantante de pie inmóvil que solía ejecutar la clave o las maracas).
Con el esquema del Combo Show los músicos quedan en libertad de hacer alardes de destrezas o habilidades, ganando rápida notoriedad por sus improvisaciones y espectáculo. La condición de excelentes bailarines permitía al frente del combo ofertar el espectáculo coreográfico y también enseñar al público cómo bailar el nuevo merengue: A cada tema se le creaba el baile y los pasos que la gente debía hacer para bailar. Con Ventura nace una tradición que aún se mantiene, la de crear bailes coreográficos en el merengue.
Pero cuando se creía que Ventura era el líder indiscutible del genero, con una popularidad internacional bien ganada por sus éxitos, (vale recordar el tema “Te Digo ahorita” tarareada diariamente por mis compañeros de clase del primer grado de primaria en el Grupo Escolar Carmen de Tovar). Irrumpen con  fuerza volcánica Felix del Rosario y Los Magos del Ritmo. Un patrón rítmico parecido al de Jhonny pero con mayor profundidad y fortaleza sonora, nutriendo su lenguaje con elementos del Jazz, Rock y Bossa Nova.
Seguidamente un joven desconocido copó la escena con una nueva propuesta musical, él hizo lo inesperado; captó la lección de Jhonny Ventura y transformó el merengue, aligero el tiempo, este prodigio se llama Wilfrido Vargas, autor de un merengue acompasado, más rápido que el usual.
Influenciado por el Jazz y la música clásica Wilfrido Vargas realizó el merengue musicalmente más complejo que hemos escuchado, pero las letras de sus canciones siempre mostraron matices perversos, vocablos grotescos, giros aberrantes. Wilfrido Vargas el músico dominicano, llamado por la providencia a universalizar el merengue, el mismo que nos sorprendió en sus inicios con temas como “El barbarazo”, “El africano” y “El jardinero”, cayó en la erotomanía y el populismo ramplón, en una acción publicitaria para despertar la lujuria, atropellando el lenguaje en función de lo pegajoso, la frase con doble sentido. No obstante, a su lamentable degeneración debemos agradecerle que fue uno de los artífices del protagonismo del ritmo en un momento en que la música norteamericana era una amenaza para el género.
Paralelamente en la década de los setenta otras agrupaciones fuera de República Dominicana esporádicamente apostaron al merengue, cabe destacar la orquesta de Jhonny Pacheco en la voz de Celia Cruz con el tema “El Guavá”.
Oscar de León interpretó los temas “El cachumbambé” y “De frente Panamá, la orquesta de Willie Colón en la voz de Celia Cruz interpretó: “Pun, Pun, Catalú”, y la orquesta de Billo Frómeta en la voz de Cheo García popularizo el tema emblemático de Cuco Valoy “El brujo”, que fue aprovechado en la campaña publicitaria que le dio la victoria electoral al doctor Luis Herrera Campins.
Todos estos temas fueron éxitos en su momento, pero nada parecido al lanzamiento en Dominicana del ídolo juvenil más carismático y popular de los años setenta: Fernandito Villalona. Surge con un estilo de matices melódicos que no era usual en el merengue y una evidente peculiaridad en la interpretación, que lo convierte en el mejor registro vocal de toda la historia del género. Era la encarnación de una gama de elementos humanos  y artísticos jamás vistos en otro interprete: originalidad, alta calidad orquestal, atributos físicos, voz excepcional y una lista interminable de conflictos de conducta, entre lo  que destaca el consumo de drogas que más tarde se convertiría en una sombra para su carrera.
No obstante Villalona le otorga jerarquía al merengue, es quien eleva la cotización y por efecto el precio de las entradas a los bailes. En los estudios de grabación se le conoció como “El descuartizador de arreglos musicales” porque al final el arreglista desconocía su obra. Durante las grabaciones creaba sonidos con tanto éxito que otras orquestas lo imitaban con rapidez.
Su impronta quedo plasmada en la nueva forma de tocar la guira, el piano y el trombón, donde logró un sonido melódico que no se había escuchado antes.
En la historia del merengue Fernando Villalona esta definido como el segundo fenómeno de popularidad después de Johnny Ventura. Algo que había iniciado Villalona trasladando letras de la balada al merengue, le permitió a Manuel Tejada surgir con un lenguaje provocador para los metales e influencias melódicas del Funk, el Rock y el jazz. La música de Tejada redescubría valores sonoros y estéticos que restituían el esplendor lírico de la balada. Con un estilo de admirable singularidad recordamos sus éxitos ColegialayQue cara más bonitay las voces excepcionales que grabaron los coros: Mariela Mercado y Maridalia Hernández, quienes años más tarde fundarían junto a Juan Luis Guerra el grupo 4.40.
Los procesos sociales y políticos de los años ochenta, afectaron la música bailable, produciéndose la reformulación más dinámica en el esquema del movido ritmo, revelando nuevos fenómenos de masa y abriendo nuevas posibilidades de expansión para el género y su liderazgo en el exterior.
El merengue se regó como pólvora por diferentes zonas del planeta, el boom fue de tal magnitud que muchos músicos mediocres asumieron el arribismo para colocarse en la cresta de la ola, haciendo del merengue un ritmo repetitivo y cansón, muchas veces grotesco y aberrante, cuando Wilfrido comenzó a vislumbrar el descenso del merengue apostó a un nuevo espectáculo, una orquesta de mujeres, semi vestidas, derramando sensualidad, Las Chicas del Can, más ritmo que otra cosa, representaron la novedad de ser merengue en versión femenina y eso las convirtió en un éxito de taquilla, al tiempo que la televisión presentaba a una banda de afrodescendientes con los trajes del conde Drácula y el pelo rociado de escarcha, era la agrupación de Bonny Cepeda adaptando una canción popular italiana Una fotografía” para salvarse del anonimato.
Gracias a Dios la historia posee sus mecanismos naturales para barrer todo lo que no posea consistencia, es interminable la lista de agrupaciones que pasaron sin pena ni gloria y hoy solo poseemos un vago recuerdo de lo que fueron. Podría mencionar a New York Band, La Patrulla 15, Leo Díaz, Miguel Molly, Natusha, Roberto Antonio, Los Melódicos, Viviana, La máquina, Rica Arena y pare usted de contar. A todos ellos la radio se encargo de ponerlos en primer lugar de sintonía, ni aún así la memoria pudo preservarlos.
En este periodo de turbulencia, un cantante del equipo de Tejada, se convertiría en estrella con su primer disco La quiero a morir”, se trata de Sergio Vargas, una de las voces más bellas de la historia del merengue. También los hijos de Felix del Rosario, Los hermanos Rosario se consolidarían en una vertiente llamada Merengue Bomba, estilo en el cual son lideres indiscutibles.
Para los años noventa Juan Luis Guerra encarna un fenómeno de masas con un merengue redimido, destruyendo estereotipos que crean una cultura musical nueva. Con formación en Berklee Music College de Boston, produce un merengue convencional que encanta a las masas. Con Juan Luis Guerra y su 4.40, el  merengue deja de ser ritmo y se convierte en música, en sublime poesía, él entendió que el merengue tenía que ir más allá de ser exclusivamente un producto de venta para bailadores. 4.40. vino a reivindicar el merengue orientándolo por diferentes vertientes que van desde el compromiso social, la identidad cultural, la ecología, el folklore y la poesía amorosa.
Su universo musical está poblado de literatura, rock, jazz, canción política, nueva trova y la balada, fue la primera orquesta de merengue dominicano en presentarse en el prestigio Carnegie Hall de Nueva York, cuyos directores consideraban el merengue como un ritmo que no llegaba a música.
Junto a las magistrales voces de Mariela Mercado y Maridalia Hernández, Juan Luis sabe imprimir ese mensaje de esperanza a cada canción, desde su segundo L.P. Mudanza y acarreo”, hemos venido disfrutando sus exquisitas interpretaciones, el virtuosismo vocal, el inconfundible coro de octavas agudas, brillantes, esa fusión magistral de ritmos caribes y africanos, el retorno a lo rural, el rescate de los instrumentos autóctonos del merengue dominicano como el acordeón, el cuatro, la tambora africana y la guitarra acústica.
Gracias a su pasantía por el Jazz J.L.G. sabe combinar estos instrumentos con los de una orquesta moderna, generando una música multidimensional, cargada de matices, donde los ritmos cubanos, portorriqueños, haitianos, venezolanos y dominicanos se funden para definir la esencia de lo que es 4.40.
Para nadie en un misterio que J.L.G, acusa una marcada influencia del movimiento musical Nueva Trova, especialmente en el desmesurado vuelo de la imaginación, el sentimiento profundo, la esencia latinoamericana, y el erotismo bien tratado con metáforas.
También ha aprovechado la buena literatura, seleccionando los mejores ingredientes como: el amor desclasado, el humor político y la ironía que bien nos recuerda la poesía de nuestro querido Chino” Valera Mora.
Por la belleza de sus letras debe ser J.L.G un ferviente lector de la buena poesía, sabemos que antes de estudiar música fue alumno de Filosofía y Letras en la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Entonces no es de extrañar que entre sus textos de cabecera encontremos autores como: Pablo Neruda, Cesar Vallejo, José Martí, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Tite Curet Alonso, Nicolás Guillen, Edgardo Rodríguez Julia y Pedro Mir entre otros.
Me atrevo a plantear esto por la claridad humanística y filantrópica de sus versos, los romances metafóricos, la voz solariega que ilumina su poética provinciana, su poesía pastoril, la sonora manera de exorcizar los espíritus yorubas, una poesía con olor a caña, a madera, a los aromas de la tierra.
Todos estos elementos convierten a J.L.G en uno de los máximos exponentes de la canción popular latinoamericana, el ha sabido llegar a todos los estratos sociales sin proselitismo, sin eslogan, sin panfletos, su única arma es la armonía musical y la poesía vibrante y exaltada. Debe ser por eso que lo admiramos tanto.
Salvando las distancias, el sonido de Coco Band tuvo cierta repercusión en la década de los noventa, pero pocos analistas del espectáculo dieron juicios favorables a este estilo bufónico, con débil calidad orquestal, aunque con melodía arrebatadora.
Ese merengue se conoció como el Anonaito”, original de Kinito Méndez, cantante de La Coco Band. Por el concepto musical, el foco de su temática y el aspecto de sus componentes, eran un vivo retrato de la sociología del barrio. La peculiaridad de esta música se apreciaba en los arreglos corales únicos, de un extraño sonido gutural, algo parecido al planteamiento final de Wilfrido Vargas.
Otro hecho que vale la pena resaltar es el debut de Milly Quezada con Los Vecinos en la escena Neoyorquina. A partir de su éxito “La guacherna”, Milly se convertiría en la reina indiscutible del merengue. Hasta que unos diez años más tarde las multinacionales del disco instaladas en la ciudad de Miami, se plantean producir y vender un merengue interpretado por Puertorriqueños. Primero Lanzaron a Elvis Crespo y le regalaron un premio Grammy, pero las pésimas condiciones vocales del intérprete dejó el proyecto a mitad de camino.
El experimento cobró vida con la boricua Olga Tañón que vino a arrebatarle la corona a Milly, con una gracia y una sensualidad nunca antes vista en este genero. Olga Tañón ha conquistado a las masas con su recia voz, sus atributos físicos, su espectacular modo de bailar y su protagonismo en el ámbito de la farándula (su divorcio con un pelotero de las grandes ligas la convirtió en noticia). Por la alta calidad orquestal, la belleza en el coro de voces, la afinación y la sincronización melódica, Olga Tañón es digna heredera de la tradición musical fundada por Juan Luis guerra, quien tiene en ella y en Chichi Peralta los más dignos alumnos.
Al merengue lírico hecho en el Caribe le salió su contra partida, el merengue duro, ácido, heavy, expuesto por la jerga vulgar callejera del alto Manhattan de Nueva York. Se dice que en el alto Manhattan vive en mayor número de dominicanos registrados en el planeta, esta ecuación sociológica produjo un nuevo sonido, una suerte de remedio grotesco de los Merenrap, Merenhip y Merenhouse, que anestesian a la juventud hispana. Unos y otros, inspirados en el áspero rapeo negro, son ramales artificiales o electrónicos del mismo cuerpo melódico del merengue.
Derivados del progreso tecnológico de los estudios de grabaciones hispanos de la ciudad de Nueva York, proponiéndose a la juventud como la suprema innovación sonora de finales del siglo veinte, fue Proyecto Uno el primer grupo en salir de un laboratorio musical, con insólita aceptación social, luego otros jóvenes inspirados en propuestas similares como Sandy y Papo, Los Ilegales y Oro Sólido entre otros, quienes han tenido la suerte de ganar popularidad.
Hacer pronósticos sobre el devenir de la historia siempre es temerario, hacia donde va el merengue, vaya usted a saber.                                         
José Gotopo
Maracaibo, septiembre 2003