sábado, 7 de abril de 2012

Ángel García Montero o la Reinvención de la Medicina.



          La primera vez que vi a Ángel García Montero fue unos segundos antes de que sonara el disparo, ambos estudiábamos en el ciclo diversificado Coro y esperábamos con impaciencia la señal del juez de partida que daba inicio al maratón que sería la punta de lanza de una amistad que desde 1981 ha sobrevivido a los avatares del tiempo. Más tarde descubrimos que otras pasiones comunes también nos acercarían, militábamos en una izquierda inocente sacada de los manuales del estalinismo, luego una manía de lectores voraces nos ayudo a derribar toda esa torre de Babel de lugares comunes y sobre todo la confrontación de la realidad, tuvimos la oportunidad de viajar y el gallo no era como lo pintaban.

          Un día abandonamos el atletismo y arrancamos a toda velocidad vislumbrados por el espejismo de la bohemia, muchas veces en trance rebasamos los límites del delirio, tomábamos licor sin reparar en cualquier lugar, desde palacios coloniales hasta las taguaras más sórdidas, como buenos habitantes de un país petrolero destruimos vehículos en el paroxismo de la parranda, enamoramos mujeres como si se tratara de coleccionar barajitas, tocábamos la guitarra, cantábamos, dábamos serenatas en los lugares más temerarios, escribíamos poemas en las servilletas de los restaurantes, comíamos en las areperas de la madrugada cualquier cosa con tal de sentirnos felices, hasta que un día nuestros organismos lanzaron sendas advertencias y detuvimos la carrera suicida, podamos nuestro círculo de amistades y abrimos un nuevo capítulo en nuestras vidas. Pero no todo en la bohemia fue tan malo, nuestras reuniones etílicas eran unas verdaderas confrontaciones intelectuales, un hervidero de ideas y especulaciones filosóficas sobre música, política, historia, filosofía, artes plásticas, religión, ciencia, tecnología, literatura, cinematografía y también sobre el más grande de los misterios: la mujer. Entre las mesas atascadas de botellas de cerveza, circulaba un infinito intercambio de libros, que al fin de cuenta era el aglutinante de nuestras amistades, a esa edad todavía no sabíamos que nuestra mayor pretensión era ser sabios, cada uno en su disciplina.

          Ángel García, fiel a su vocación de maratonista estudió deporte y el estudio de la anatomía humana y su funcionamiento, lo conecto con la medicina y un día se apareció con la noticia de que iba a estudiar en la Universidad de la Habana, algunos de sus familiares casi se infartan y ofrecieron resistencia, pero ya la vocación de médico lo había escogido y se fue a la isla con la necesidad de aprender, estoy casi seguro que de toda esa camada de camaradas que se fueron a los países “socialistas” en esa época, el único que estudió fue Ángel García, los otros hicieron una especie de turismo político que produjo grandes fundamentalistas de izquierda, burócratas y charlatanes de botiquines.

          Un mes de agosto apareció Ángel, contento y enérgico contando las aventuras de ser estudiante en un país marcado por los procedimientos de la policía soviética, a pesar del exceso de control Ángel narraba las partes esenciales de su aprendizaje y el rico ambiente cultural de la Habana, su amistad con artistas y con estudiantes de todas partes del mundo, que sin duda alguna fue la base para ir adquiriendo una visión universal del mundo y de las cosas. Ese día en la fuente de soda del ferial me convenció para que me fuera a estudiar arte en el instituto superior de arte en Siboney y contagiado por su entusiasmo un mes más tarde hice mi maleta y arranque para la Habana, una ciudad bella pero triste, allí Ángel me presentó a gente ligada al mundo de la cultura que años más tarde reencontraría en Nueva York, también me ayudo a inscribirme en el instituto y consiguió un dormitorio provisional para mí en un piso 15 de un edificio del Vedado, tenía una vista bellísima hacia la bahía, pero el ascensor no servía desde la época de Batista. Así que comencé mi peregrinaje de estudiante extranjero en Cuba, pero de la Habana a Siboney tardaba hasta cuatro horas esperando un autobús, un cubano me dijo que era por culpa de los reyes magos soviéticos que habían retirado la ayuda, los latinoamericanos siempre buscamos culpables afuera, además la comida del comedor era paupérrima y decidí comer en los restaurantes para turistas pero en poco tiempo quede sin dólares y como acostumbro a vestirme de colores en todas las esquinas la policía secreta me pedía pasaporte, entonces decidí regresarme a Venezuela.

          Ángel quedo desconcertado pero nos veíamos cada vez que él venía de vacaciones, a veces acompañado de uno de sus brillantes profesores, un día casi lo convencen para que fuera médico de guerra en Centroamérica, gracias a Dios rechazó la idea, luego se graduó en la universidad y regresó a Venezuela, donde comenzó a ejercer la medicina de inmediato, era el médico oficial de todos los familiares de la gente de izquierda y comenzó su revalida rural en los pueblos de Zazarida y Las Calderas, al tiempo que tenía una consulta gratuita los sábados en el barrio San Nicolás, ¡ay mi madre!... pero el gremio médico ultraconservador de la ciudad de Coro, que no es más que un fragmento de la inquisición española, comenzó a molestarse y enfilaron sus cañones, trataron de alejarlo lo más posible de Coro, comenzaron una campaña difamatoria donde afirmaban que él no era médico, tan solo había hecho un curso de acupuntura china, lo suspendieron del cargo como médico en la comunidad de Las Calderas, el rector de la universidad designado por Ildemaro Villasmil le boicoteó su revalida y no permitió que Ángel ingresara como docente en la UNEFM, una institución donde el clientelismo político, el nepotismo y el mantuanismo le ha garantizado nomina a más de un oligofrénico y por último, la directora regional de salud le cerró la consulta gratuita del barrio San Nicolás.

          Ángel García Montero había cometido tres pecados capitales, estudiar medicina en Cuba, pasar consultas gratuitas y aplicar medicina alternativa en un país donde los médicos son cómplices de los productores de fármacos.

          Ante tanta adversidad, Ángel ha podido dedicarse exclusivamente a la medicina privada o irse a trabajar al exterior, pero decidió seguir dando pelea desde adentro e inocentemente creyó que podía abordar el espacio político, entonces emprendió una campaña para postularse a concejal, yo lo acompañé pintando murales por pueblos y barriadas populares, para mí fue una actividad muy linda; compartiendo con la gente, pero al final resultó ganador el candidato de Acción Democrática, los Adecos disfrutaban el final de su reinado y esto sirvió para que Ángel entendiera que este no era su terreno, más tarde se acercarían políticos de varias tendencias a ofrecerle cargos importantes en la administración pública, Ángel inteligentemente los rechazó porque para esa época había entendido que el estado gasta todos los millones tratando de curar la enfermedades en los hospitales y ni un céntimo en su prevención. Aunado a esto la estructura burocrática del estado venezolano es pesada, megalómana e incurable y Ángel no va a envejecer lidiando con un mal endémico.

          De golpe decidió respirar otro aire y se fue a vivir a Caracas entonces algo milagroso sucedió, logró reinventarse así mismo, comenzó a estudiar de manera autodidacta las relaciones del cuerpo y la mente, las respuestas del cuerpo ante los problemas espirituales, las relaciones del ser humano con sus semejantes, sus metas, sus sueños y obsesiones. La significación del pasado y la importancia de aceptarnos, perdonar y perdonarnos, el estudio de los niveles de la conciencia, la importancia del entorno, la naturaleza, el cosmos y su relación con la energía vital que nos conecta al mundo, somos los átomos que conforman el cuerpo del universo.

         Desde la Fundación Creando Esperanza, Ángel García Montero se ha dedicado a dictar charlas y conferencias por casi todas las ciudades de Venezuela, no para curar enfermedades, sino para enseñar a la gente a vivir en armonía, a saber leer las lecturas del cuerpo, a utilizar la energía de la mente y ser creativos con nuestras propias vidas, porque la imaginación nos hace poderosos, mucho más si entendemos el funcionamiento de la mente, haciendo énfasis en las enfermedades que no curan los fármacos porque no son del cuerpo sino del alma.

          Hace años leí en un libro del doctor Freud, que uno termina pareciéndose al nombre que le asignan y cuando estudiábamos en el ciclo diversificado Coro, los amigos de Ángel lo llamábamos cariñosamente “el yogui”, y a la vuelta de los años, Ángel se ha convertido en un yogui contemporáneo su oficio de médico lo ha nutrido con el estudio de los métodos alternativos de la medicina oriental, sobre todo de los chinos y los hindúes, al mismo tiempo es un lector voraz de los autores más representativos de estos temas, pero su investigación no se queda allí, su tarea de escritor vive su mejor momento, incansablemente aborda diversos temas que van desde la física cuántica , hasta las técnicas mentales para el cambio y la importancia de la meditación. Actualmente prepara varios libros y es columnista en diferentes medios impresos

          Una de sus herramientas fundamentales es la programación neurolingüística, un viaje a México lo puso en contacto con los máximos exponentes de este método y desde entonces Ángel no deja de estudiar y experimentar sus procesos y resultados.

          A los cincuenta años ya se ha convertido en un sabio de la medicina, se la pasa leyendo, escribiendo, atendiendo a sus pacientes, orientándolos hacia una mejor calidad de vida, también ayudándolos a partir felices y agradecidos, ahora casi nunca se le ve, ni siquiera en los cafetines, parece que asumió el rigor de un monje trapense mezclado con un alquimista del renacimiento.



06/04/2012

José Gotopo