martes, 17 de agosto de 2010

EL ENCANTO DE LLAMARSE PEDRO ALFONZO


Monte Verde lo vio nacer, en aquellos tiempos cuando los arrieros del Chupulum enfilaban sus bestias hacia él ultimo pastizal que broto sobre este suelo de arcilla. Era el año 38 y mientras nacía, una matrona cantaba una balada de arrabal que se le metió en los huesos, le invadió la sangre, le afino la voz con licores nocturnales del caribe, hasta convertirlo en cuerpo y alma del romance.


Diecisiete años era mucho, así que decidió comprarse una guitarra antes de viajar a Caracas, para acariciarla en la zona sagrada donde surge el enamoramiento. Para aferrarse a ella, como un niño se aferra a su recuerdo.


Ser zurdo no es un problema, todo diapasón se hace dócil al sentimiento, de eso hablan las ventanas y el aire frío de la madrugada.


Pedro Alfonzo canta una canción de luna y una muchacha suspira colgada de las estrellas. Sólo un romántico empedernido puede darle vida a tanta historia cantada.


Al principio fue la admiración por Chive Mora, Serafín Prado y Adán Fornerino; luego descubrió el secreto filial de las primas y los bordones, desde entonces la serenata es un oficio de caballeros; Pedro López puede dar fe de tanto desenfado al pie de los balcones.


En un requinto llamado Chuco García, encontró al hermano de toda la vida; la otra guitarra se llama Omar Suarez y llego hace veintisiete años para acoplarse sin ningún problema a los vértigos del tango y los desahogos del bolero. Los negros los llamaban por cariño, cuando tocaban en “La Pollera” que ahora llaman Aeroclub, pero antes frecuentaron esa maravilla “La Peña Tanguera” de José Amor Colmenares y el bar Garúa de Luis Ruiz, “El Botiquinerubis”.


El 1977 la bohemia consagrada los bautizo “Los Astros”, para que siguieran iluminando las galaxias del amor y el despecho y permitieran que la órbita de la vida cotidiana no arrasara con nosotros.


Pedro Alfonzo rasguea el vientre de su guitarra y estira su perfecto cuello de gacela para trocar la noche con su voz, en un antiguo acto de magia. A estas alturas del tango, recuerda las enseñanzas a tiempo de Anguito Medina, ese trovador que ilumina el camino y su feliz participación en el programa “La Feria de la Noche” que lideraba Raúl Rojas Partidas, cuando en radio Coro los músicos vivían fuera del disco. Chuchanga Madriz lo acompaño en esa aventura que mis tías escucharon instaladas en el fogón de la cocina de donde nunca salió Martín Valiente.
Ahora Luis Miguel interpreta las canciones que él tiene mas de cuarenta años cantando y eso de alguna forma le da razon a tanto empecinamiento del corazón. Eso revitaliza la parranda y allí surgen los amigos del alma: Rafa Quintero, Orangel Velázquez, metiéndole candela a la tristeza y en un recodo del camino, la solidaridad hecha carne, para que la vida sea mas llevadera, allí surgen las manos de Anguito Reyes, Hermes y Pedro Santos; todos alrededor de la botella que exorciza el recuerdo de amores imposibles.


Pedro Alfonzo enaltece la memoria de sus antepasados curazoleños, ellos se instalaron con su historia a cuesta, en las lomas de Santa María de La Chapa. De allí su perfil antillano, su estampa de Benny Moré, su silueta que parece dibujada por Guillermo Cabrera Infante, en una calle del viejo San Juan o de La Habana.


Nunca ha grabado en el acetato, pero ha acompañado junto a “Los Astros” a Luisin Landaez, Luis D´Ubaldo, Neida Perdomo y Lila Morillo entre otros.


A los cuatro años conoció al maestro que consagro la poesía en esta tierra de resolana, ese veleño que llaman Rafuche y que vino al mundo para quedarse entre nosotros.


No se explica porque a Tino Rodríguez no le han dado las llaves de la ciudad, otro mas que él no nos ha identificado tanto. En el arpegio trémulo de estos días, ya no espera ser incluido en los programas de la cultura gubernamental.


Un pequeño descuido y surgió una amarga disonancia, la diabetes estuvo a punto de acabar con su existencia y la guitarra se quedó sola durante un mes; esperando que el eterno enamorado volviera al antiguo sortilegio de trovar para saciar las penas. Los que se hacen llamar intelectuales jamas lo visitaron en su lecho de enfermo, pero eso no le preocupa; para amigos Agustín Lara que le dejó un manojo de canciones inagotables, Juan Ramón Barrios quien le enseño la importancia de amar a Venezuela y Juan Manuel Navas, Roman González y Ali Primera con quienes aprendió a sentirse orgulloso de ser coriano.


Desde hace algún tiempo vive frente a los bloques de La Cruz Verde y trabaja en el departamento de mantenimiento de la Alcaldía; donde nadie sabe que el toca la guitarra y a lo mejor mueren sin saberlo.


No se cansa de decir que esta ciudad no se merece tanto desamparo. Cuando el sol dora las torres de las iglesias, el atraviesa estas calles desoladas en su monumental Apache Azul, dejando una estela cinematográfica en el aire.


A pesar de que la delincuencia atenta contra los serenateros, el no se da por vencido, afina su maestría y se arranca “Cuando me besas” para que el espíritu vuele al territorio de lo soñado.


Cada vez que suena una guitarra, Pedro Alfonzo renace en la armoniosa combinación de los acordes, y la nueva generación goza de su aprecio; Yamil Marrufo y Humberto Suarce son testigos de su admiración.


Por todas estas cosas, rendimos un tributo para celebrar con él, la fascinación de tenerlo entre nosotros.


José Gotopo